Hace dos años,
ya en vacaciones, estaba charlando con unos amigos cerca del muro que
separa el río de la casa de mis abuelos cuando un chico nuevo apareció
de pronto; se llamaba Paul. Tenía un aire misterioso, siempre callado y
observando a su alrededor, siendo singularmente él. Tenía el pelo
moreno y le tapaban unos preciosos ojos azules oscuros como la noche.
Era bastante extraño que estuviese con más gente que no fuese consigo
mismo.
La
gente se empezó a ir hacia sus casas con diferentes excusas, hasta que
nos quedamos los dos solos. Yo sentada en el respaldo de un banco, él
de pie. Yo con un vestido y unos zapatos negros... Alguien me llamó
desde la otra parte del río así que tuve que irme. Me levanté, caminé, y
después de pensarlo unos segundos me giré hacia el muro; ya no había
nadie.
Cuando ya respiraba en su nuca, fue cuando se dio la vuelta y me miro. Era él, ÉL y ahora lo era de verdad. Un subidón de adrenalina empezó a sacudir todo mi cuerpo. Nos encontrábamos frente a frente, mirándonos a los ojos, reviviendo sentimientos, en un silencio que interrumpió para decirme:
-Hoy
quiero que sueñes. Que sueñes lo que quieras, lo que más desees, lo que
más feliz te haga, lo que llene el vacío de tus penas en cualquier
momento.
- Hoy he tenido un sueño- le contesté-
Soñé que volvías a estar a mi lado, que volvía a mirar esos océanos que
te permiten ver, que volvía a sentirte cerca... fue entonces cuando
desperté.
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