Me desperté en la noche oscura tal y
como había quedado al irme a dormir. Estaba destapada y temblando no se
muy bien si de miedo o de frío, tenía los labios morados y casi no los
sentía, no podía articular las manos... Abrí los ojos, casi sacándolos
de su órbita, y abiertos, muy muy bien abiertos, me di cuenta.
Rápidamente
y sin pensar me incorporé. Recorrí una y otra y otra vez el espacio en
el que me encontraba, delimitado, familiar, caliente... Todo había
pasado, nada era desconocido para mí. La ropa seguía tirada en la silla,
la mesa estaba llena de libros, el armario colocado excepto las
chaquetas... Todo era justo con antes de ir a acostarme. Respiré. Me
sentía aliviada de saber que todo había sido un mal sueño, un producto
de mi imaginación, sin embargo, un hueco en lo más profundo de mi
corazón si iba haciendo cada vez mayor. Me hacía ver en cada rincón esos
ojos azules que una vez me miraron. Esa silueta recortada en lo más
oscuro de las sombras reaparecía apuñalándome. Se burlaba de no haber
existido, de ser un ideal inexistente.
Salí
de mi habitación y me dirigí al salón. Desde que era pequeña ha sido mi
refugio en las noches oscuras y frías, o en aquellos momentos que
necesitaba estar sola conmigo misma. Me senté en el sofá, mirando hacia
la ventana, sin ver nada y con la mirada perdida en algún punto
indefinido de la calle. Me senté a pensar en todo lo vivido a lo largo
de aquel tiempo, que en realidad no había sido más de dos o tres horas.
El miedo, el frío, la sensación de conocer ese sitio, la niebla, el
muro, la impotencia... ¡ EL MURO! ¡¿Cómo no me había dado cuenta
antes?! "¡Ha estado todo este tiempo delante de mi la respuesta y no la
he visto!" Todo me vino de golpe, se confundió unos segundos y al
ordenarse recobró el sentido de nuevo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario